El pasado día 31 de octubre se celebró en todo el mundo Halloween, víspera de nuestra tradicional fiesta de Todos los Santos. Muchos periodistas y comentaristas se han empeñado en afirmar -y por ellos, muchos ciudadanos mal informados- que esta celebración es americana y nada más lejos de la realidad.
Su origen es celta y fueron emigrantes irlandeses a mediados del siglo XIX los que lo llevaron a los Estados Unidos. De hecho, estos utilizaban nabos en lugar de calabazas, que vaciaban y llenaban con brasas para iluminar el camino de los espíritus que volvían a casa la noche víspera de los Santos ("All Hallow's Eve", en inglés, que derivó en "Halloween").
Bien es cierto que se ha popularizado mundialmente gracias a la influencia de las películas norteamericanas del tipo "Halloween", "Scream", etc. Ahora sí se puede afirmar que es una celebración mundial, pero para aquellos que buscan denostarla, querer hacerlo sólo por el hecho de ser americana, además de un error, es una injusticia. O gusta o no gusta.
A mí, personalmente, no me acaba de llamar la atención, pero entiendo que es un buen motivo para salir a tomar unas cervezas disfrazado y echar unas risas con los amigos. No hay nada de tétrico en ello, porque, al fin y al cabo, no se hace nada malo ni sacrílego. Habrá, de hecho, quien critique más ir al cementerio al día siguiente, que también tiene su miga. ¿De dónde sale esa necesidad de los vivos por acudir a lustrar la tumba y poner flores para que todo el mundo vea que se acuerda de sus muertos? ¿Qué pasa con el resto del año? porque hace no mucho tuve la desgracia de tener que acudir a Ciriego y la verdad es que el panorama es bastante desolador: flores marchitas (posiblemente del anterior día de difuntos), tumbas en las que apenas se lee los nombres, fotos raídas... ¿Quiénes son más cínicos? ¿Los que se disfrazan para celebrar una fiesta americana o los que acuden a los cementerios para hacer algo que olvidan el resto del año?
Seamos más flexibles y disfrutemos con lo que nos gusta y dejemos a los demás divertirse con lo que les gusta -aunque a nosotros no-. Vive y deja vivir.